La mayor epidemia del siglo XX causó profundos cambios
psicológicos, sociales y políticos
A finales de mayo de 1918 los diarios empezaban a
informar de la extensión en Madrid de una enfermedad similar a la que
entonces llamaban grippe.
Nadie se la tomaba demasiado en serio, y La Vanguardia explicaba, como
otros medios, que “todos los casos observados han seguido una marcha muy
favorable. Se trata, como ya han adelantado los periódicos, de una epidemia
leve”. Pero durante los siguientes doce meses la mal llamada gripe española
terminó con la vida de un cuarto de millón de personas en España y, en todo el
mundo, con la de entre 20 y 50 millones. Fue una de las peores pandemias de la historia .
Estos
datos “nos recuerdan cómo de severa y disruptiva puede ser una epidemia”,
escribía en el 2008 el jefe de Epidemiología del Hospital Clínic de Barcelona, Antoni Trilla , en un artículo en
la revista Clinical
Infectious Diseases. Disruptiva no solo porque supuso que se quebrara la
normalidad, sino porque, tras ella, muchos aspectos políticos, sociales,
económicos e incluso bélicos cambiaron para siempre. En aquel desastre
sanitario se detectan algunos patrones que se repiten hoy con la actual
pandemia de coronavirus. ¿Qué mensajes nos envía la gripe un siglo
después?
Errores en
situaciones complejas
Algunas
de las decisiones que se produjeron en 1918 pueden resultar chocantes y algunos
debates, familiares. Las autoridades y la población tardaron en dar
importancia a la epidemia, pero, a juicio del psicoterapeuta Luis Muiño,
esto no se puede considerar una negligencia, sino que obedece a los mecanismos
psicológicos humanos. “Entramos en estado de alerta de repente, no de forma
gradual: primero minimizamos las amenazas hasta que hay algo que nos hace
entrar en alerta. Es un mecanismo adaptativo”, relata.
Ese mecanismo, que probablemente se ha reproducido en las últimas
semanas, explica que entonces hubiera debates parecidos a los
actuales y que finalmente quedaron, como ahora, rebasados por los
acontecimientos. A primeros de octubre, por ejemplo, La Vanguardia reflejaba la razón
por la que se había decidido suspender la actividad de los centros
educativos y por qué esa determinación no se había tomado antes: “Cuando
la Junta de Sanidad adoptó el acuerdo de no suspender la apertura de curso (…)
en la Universidad y escuelas especiales de Barcelona, el estado sanitario de
nuestra población era muy distinto del de ahora y los datos a los cuales se
atuvo no aconsejaban, de momento, una medida tan radical. Pero desde entonces
las cosas han cambiado no poco”.
La vida
habitual quedó paralizada y la actividad académica suspendida, pero,
extrañamente, no fue así con las representaciones teatrales o las salas de
cine. Ni con las misas. El relato de aquellos meses no está exento de
decisiones difícilmente explicables como la resistencia de las autoridades
locales de Valladolid a declarar oficialmente la situación de
epidemia con el argumento de que, en plenas fiestas locales eso iba a
repercutir negativamente en los negocios. O bien en Zamora, una de las
ciudades donde la mortalidad fue mayor, y en la que el obispo utilizó el
argumento medieval de que la enfermedad era el castigo por los pecados de los
feligreses. Con ese motivo convocó una misa masiva para rogar una intervención
divina y que con total seguridad favoreció aún más el contagio.
“Es muy
complicado hablar de errores en una situación como aquella, de tal complejidad
y en que, en muchas ocasiones la sanidad se equivocaba no por negligencia,
sino porque no conocía a qué se enfrentaba”, indica, en conversación con La
Vanguardia, María Isabel Porras, catedrática de historia de la Ciencia
en la Universidad de Castilla-La Mancha. “En el caso de los países que estaban
inmersos en la primera guerra mundial -continúa- la situación era aún más
complicada porque había censura militar en ambos bandos y la población
posiblemente no estuviera suficientemente informada”.
Un enorme
impacto psicológico
La
ruptura de la normalidad, la enfermedad en sí misma y, por supuesto, los
millares de muertos tuvieron un gran impacto, como se puede apreciar en
testimonios y en diarios de la época, que evocan la sensación general de
vulnerabilidad, agravada porque, a diferencia de otras enfermedades, la gripe
de 1918 se cebó en adultos jóvenes, no en niños o en mayores. La
mortalidad fue tanta y tan intensa, sobre todo en pequeños núcleos de población
donde carecían de servicios médicos, que, según María Isabel Porras, “en
algunos pueblos de España se llegó a hacer un pacto de silencio”, una vez
pasada la epidemia.
Esta
experta destaca otro aspecto que hoy puede sonar familiar. “A mediados de esa
década, sólo unos años antes de la pandemia -explica- muchos científicos creían
que las enfermedades infecciosas eran cosa del pasado, un pensamiento que
fue rebatido por la realidad. Décadas después, cuando se consiguió erradicar la
viruela, también se pensó lo mismo, pero entonces el sida acabó de nuevo con la
ilusión”. Un mundo que ya había puesto los cimientos de la sociedad industrial
y que sentía que la tecnología y la ciencia lo podían todo, se daba de bruces
con un diminuto virus desconocido y veía que esas convicciones eran cuestionadas.
La
escritora y periodista Laura Spinney, autora de El jinete pálido (Crítica)
sostiene que el impacto emocional fue enorme. “Parece que hubo una ola de
depresión y fatiga que se extendió por todo el mundo una vez terminó la
pandemia, y que hoy podríamos llamar fatiga posviral o síndrome posviral. No
hay muchos estudios sobre el tema, pero parece que lastró especialmente la
recuperación de la productividad y la economía”, relata a La Vanguardia. Añade que
escribió su libro precisamente porque se ha hablado mucho de los efectos
psicológicos de la guerra, pero poco de la otra tragedia simultánea, la gripe,
que al fin y al cabo causó más muertes y en menos tiempo.
Una sociedad
que no volvió a ser la misma
Las
consecuencias de la epidemia sacaron a la luz el problema, también actual, de
las desigualdades sociales. Las víctimas fueron mucho más numerosas entre
las capas sociales más bajas, que estaban peor alimentadas y vivían en
peores condiciones. “En todos los países -señala Porras- se produjeron crisis
sociales a consecuencia de la gripe; en el caso de España el hecho de que una
parte importante de la población hubiera quedado desamparada hizo que en
algunos sectores se tomara conciencia de la necesidad de establecer algún
sistema generalizado de protección”. La falta de un sistema de salud
pública había hecho, por ejemplo, que la mayor parte de los núcleos
rurales remotos del interior se hubieran encontrado indefensos ante la
epidemia, pero la situación distaba de ser óptima en las concentraciones
obreras de las grandes ciudades. Los diarios de la época atestiguan las
numerosas donaciones puntuales por parte de ciudadanos adinerados para intentar
paliar esta situación.
España se
había mantenido en la neutralidad en el transcurso de la Gran Guerra , pero eso no significaba que
su sociedad estuviera libre de convulsiones. En un país inmerso en su propio
proceso de industrialización, con una gran efervescencia obrera y con
unas clases instruidas en aumento, la crisis provocada por la epidemia erosionó
el sistema constitucional porque no había podido responder adecuadamente. Según
la historiadora Victoria Blacik, “la epidemia de gripe desafió el sistema
político de la Restauración, ya que puso de manifiesto su mal funcionamiento”.
Un virus que
dicta la geoestrategia
Es
muy difícil disociar la epidemia de gripe de la cadena de acontecimientos de
los últimos momentos de la primera guerra mundial y de la posguerra,
porque, para empezar, la mayor parte de especialistas creen que las primeras
infecciones se produjeron en campamentos militares aliados.
Pero, más
allá de su origen, los historiadores aún debaten qué peso tuvo la epidemia en
el desenlace del conflicto. “Hay algunos especialistas, aunque es una minoría,
que piensan que la población de las potencias centrales estaba más débil y peor
alimentada a consecuencia del bloqueo aliado”, señala Laura Spinney, “y que,
por tanto, los efectos de la gripe fueron comparativamente mayores en ella y en
sus ejércitos, lo que podría haber acelerado el final de la contienda”.
En donde sí
está claro que la repercusión de la pandemia fue mayor es en la inmediata
postguerra. La conferencia de París, en la que las potencias aliadas
negociaron los términos de las reparaciones de guerra que deberían soportar las
potencias centrales y que culminó en la firma del tratado de Versalles , se desarrolló en
el primer semestre de 1919. En ese momento se estaba produciendo la tercera
oleada de la pandemia de gripe, que afectó a varios de los delegados. Spinney
señala que los más perjudicados por la enfermedad fueron los representantes de
los países partidarios de suavizar las condiciones para Alemania, lo que
confirió en las negociaciones más peso al ala dura de los aliados.
De hecho, poco después sufrió un ataque de mayor entidad justo en el momento que debía defender ante el Congreso de Estados Unidos el tratado y la entrada de su país en la Sociedad de Naciones, lo que finalmente no se produjo. El triunfo de la posición partidaria de tratar a Alemania con la mayor dureza tras la derrota de la guerra está tras el derrumbe de la economía germana y el sentimiento de humillación de su población en los años siguientes. Los acontecimientos políticos que siguieron son de sobra conocidos
No hay comentarios:
Publicar un comentario